Odio que me digan como tengo que ser. Es algo que no
soporto.
Pero lo que más bronca me da, en realidad, es que me importe
tanto lo que los demás puedan decir de mí.
Estoy harta de lo que soy, no me soporto ni un segundo, y me
soporto menos cuando empiezo con este discursito patético como mi vida misma.
Esas palabras que suelto en mi momento más triste y
decadente, sacando a relucir lo miserable que soy. Lo tan vacía de mi
existencia.
De nuevo vuelvo a insistir: ojalá hubiera un formulario para
donar vidas. Y dársela a la gente que
merezca vivir, gente valiente que se las rebusca. No una cobarde –como yo- sin
pretextos que no “disfruta viviendo”.
Me pongo repulsiva con el exterior. Creo que me da
satisfacción que me odien tanto como me odio yo, aunque eso me dé ganas de
ponerme a llorar. De pronto recuerdo que mamá no quiere que sea así, quiere que
sea una buena chica. Y yo que más quisiera que honrarla por traerme a esta vida
y cuidarme. ¿O debería odiarla por traerme a este mundo, del cual no me siento
parte? O por lo menos no me siento bienvenida. Debería de haber nacido o ser
trasladada a “Cobardelandia”.
Hay gente que se muere por vivir. Y yo ni siquiera quiero
estar viva. ¿Por qué la vida es injusta? Cuantas veces lloramos gente excelente
que perece. Pero sin embargo tendríamos que hacer canje; perdedores como yo; y
darles la vida a gente con fuerza de voluntad, que carece de otras cosas: salud
por ej. Que es lo que a mi casi que me sobra.
Como si fuera poco, hay gente prisionera de otras personas
malas que no lo dejan ser. En cambio yo estoy presa de mi propia mente. Y soy quien tiene las armas para ser libre,
pero no me animo a utilizarlas.
Repito: que injusta es la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario