Hay tantas cosas que escondemos del mundo.
El miedo de que sepan que es lo que ocultan mis ojos creo que es lo que me hace vivir escondida, como si pudiera de esa manera detener lo que me pasa. Saber que desde los 16 años las cosas cambiaron para mí. Que de un día para el otro aparecieron miedos que iban tomando territorio hasta creerse dueños de mi mente. Si sigo sobreviviendo es porque a partir de los 17 años, tuve que empezar una conducta regular de pastillas por día. Dos para estar bien mentalmente. Hoy a los 22 podemos sumarle dos más para que mi estómago aguante cada patada de la vida que catalizo directamente ahí. Y durante todo ese periodo de años, vivir escondiendo que es lo que me hace poder levantarme.
Porque, ¿No tenía acaso demasiados detalles que ocultarle al mundo? También tuve que vivir con vergüenza de que mi estabilidad dependa de pastillas, siendo tan joven y teniendo tanta vida por delante.
Ya intenté quererme, pero el amor no dura mucho tiempo. No nos tenemos química –mi cuerpo y yo-, no podemos aprender a convivir “lo que quiero ser, con lo que me animo a ser” no nacimos el uno para el otro, y sin embargo nos destinaron a ocupar el mismo espacio.
También intenté corregirme, a golpes, de las cosas que hacía mal. Pero la disciplina no sirvió. Sólo ayudaba a dejarme marcas que no favorecían al silencio de mis secretos. Cada cosa que intenté hacer para silenciar mis miedos, era un sonido más perceptible que el de hojas crujiendo debajo de mis zapatos.
Aprendí a ir a terapia seguido, a tener que confesar una y otra vez qué era lo que pensaba o lo que me pasaba. Terapeutas tratando de amortiguar mis miedos con palabras alentadoras: “pronto vas a estar mejor”, “vas a ser esa persona que vos querés ser”, “esta es una condición pasajera”. Ni hablar de los predicadores que bendijeron mi vida miles de veces, que tocaron mi cabeza y vieron mi dolor, pero descubrieron que en base a eso todo iba a estar mejor, que iba a llevar naciones detrás de mí con mi filosofía de vida. No seguí todos los pasos que tenía delante, pero creí un par de veces. Ya pasaron 6 años desde los primeros episodios. Y sigo acá, tratando de correr en silencio, pero sigo escuchando hojas de otoño crujiendo detrás de mí.
El miedo de que sepan que es lo que ocultan mis ojos creo que es lo que me hace vivir escondida, como si pudiera de esa manera detener lo que me pasa. Saber que desde los 16 años las cosas cambiaron para mí. Que de un día para el otro aparecieron miedos que iban tomando territorio hasta creerse dueños de mi mente. Si sigo sobreviviendo es porque a partir de los 17 años, tuve que empezar una conducta regular de pastillas por día. Dos para estar bien mentalmente. Hoy a los 22 podemos sumarle dos más para que mi estómago aguante cada patada de la vida que catalizo directamente ahí. Y durante todo ese periodo de años, vivir escondiendo que es lo que me hace poder levantarme.
Porque, ¿No tenía acaso demasiados detalles que ocultarle al mundo? También tuve que vivir con vergüenza de que mi estabilidad dependa de pastillas, siendo tan joven y teniendo tanta vida por delante.
Ya intenté quererme, pero el amor no dura mucho tiempo. No nos tenemos química –mi cuerpo y yo-, no podemos aprender a convivir “lo que quiero ser, con lo que me animo a ser” no nacimos el uno para el otro, y sin embargo nos destinaron a ocupar el mismo espacio.
También intenté corregirme, a golpes, de las cosas que hacía mal. Pero la disciplina no sirvió. Sólo ayudaba a dejarme marcas que no favorecían al silencio de mis secretos. Cada cosa que intenté hacer para silenciar mis miedos, era un sonido más perceptible que el de hojas crujiendo debajo de mis zapatos.
Aprendí a ir a terapia seguido, a tener que confesar una y otra vez qué era lo que pensaba o lo que me pasaba. Terapeutas tratando de amortiguar mis miedos con palabras alentadoras: “pronto vas a estar mejor”, “vas a ser esa persona que vos querés ser”, “esta es una condición pasajera”. Ni hablar de los predicadores que bendijeron mi vida miles de veces, que tocaron mi cabeza y vieron mi dolor, pero descubrieron que en base a eso todo iba a estar mejor, que iba a llevar naciones detrás de mí con mi filosofía de vida. No seguí todos los pasos que tenía delante, pero creí un par de veces. Ya pasaron 6 años desde los primeros episodios. Y sigo acá, tratando de correr en silencio, pero sigo escuchando hojas de otoño crujiendo detrás de mí.
Sumado a que encontré amor dos veces, las dos en lugares
equivocados, en personas equivocadas. ¿Por qué me atraen los que nada tienen
que ver conmigo? ¿Por qué me involucro en casos perdidos? ¿Por qué quiero
salvar a otros, si yo estoy al borde del precipicio? ¿Por qué no me salvo
primero a mí?
Perdí tantos años de mi vida, los más preciados, los de mi adolescencia.
Perdí tantos años de mi vida, los más preciados, los de mi adolescencia.
¿Cuándo vendrán esos Días
Mejores?
Encuentro pedazos de mí, que no puedo volver a reconstruir.
Busco valor, sabiendo que no lo tengo. Fabrico ilusiones que me ayuden a
amanecer, pero sirven durante un rato, hasta que las penumbras de la noche se
las devoran y el miedo acecha tras de mí, escucho hojas de otoño crujir, ya se
acerca, ya está aquí.






